El convento de nuestro Gran Padre y Doctor San Agustín, en Salamanca, Gto., fue en épocas arcaicas centro y emporio del saber y del adelanto y mentor de la religión, ya que irradiaba, por decirlo así, en toda la provincia con su poderoso influjo, produciendo pasmo y admiración entre propios y extraños.

Este magno convento fue fundado en 1609 y reedificado en 1771, por soldados de Cristo que, bajo la librea de Agustín, quisieron comunicar todo el esplendor de los conventos europeos, y eligieron este lugar que les rememoraba la Salamanca, española que, junto al Tormes, ofrece semejanza con esta ciudad en las orillas del río Lerma y bajo el patronato de San Juan de Sahagún, estatua que aún se encuentra en lo más alto del altar mayor, estableciéronse, produciendo frutos óptimos de ciencia y de virtud.

Con inmensos caudales de personas piadosas, que regalaban en esas épocas coloniales sus fortunas a la Iglesia, pronto se elevó el hermoso edificio; por fuera con un estilo de arquitectura franciscano primitivo, el frente es demasiado sobrio: un Cristo de cantera abre sus brazos, mientras el semblante se inclina hacia la tierra y, a su lado, dos hornacinas con santos de la Orden, en una absoluta sencillez, remata el templo con sus dos torres cúbicas coronadas por unos capiteles de azulejos y circundadas por estatuas de piedra que, con ojos sin pupilas, contemplan el paso de los siglos.

Las palomas, en millares, todas las tardes al ponerse el sol nacen sus nidos detrás de aquellos santos, que a veces están nimbados con la luz crepuscular roja e incendiaria y por las mañanas, al asomar la aurora, con reflejos de oro la custodia de Clara, la vara de azucenas de San José y la cruz de equis de Antarés; y los santos, todos de piedra que es y será a través de los siglos, en aquella frase absoluta y enérgica: "Tú eres piedra y sobre ti edificaré mi Iglesia".

Las palomas hacen cu-cú. Por las noches hay un graznido horrible de pájaros del misterio y de la sombra. Los búhos de corvo pico y de pupilas magnetizadoras y espantosas, acechan las víctimas. Yo he creído ver un símbolo en lo siguiente: Una mañana, al pie de Santa Cecilia estaba un pichón muerto, con las entrañas despedazadas por el alevoso ataque del pájaro nocturno. En las pupilas de la santa inmaterial había lágrimas. Alguien me habló del rocío matinal; pero yo creí que la suave y angelical predestinada meditaba en la lucha trágica del bien y el mal y acaso lloró la santa piedra viendo cómo el pichoncito languideció al acoso de la lechuza; pero los santos seguían entonando su himno triunfal, elevándose sobre la materia y sobre las cosas, cantando al fin el vencimiento de la eterna Jerusalem.

Y así se construyó el convento con sus magníficas dependencias, sus corredores amplísimos, sus dos patios inmensos como plazas, uno rodeado de arcos platerescos y el otro de reminiscencias románicas, suntuosos, esplendentes; sus innumerables habitaciones, sus escaleras monumentales propias para el portejo de príncipes de la Iglesia, donde aún parece que se escucha el suave roce de las capas pluviales recamadas de brocados y bajo el suave tintineo de las campanillas de oro; sus inmensos claustros y galerías, todo con una atingencia y con una sabiduría precisa y única.

Se llamó Cabeza de Provincia. Cada tres años había una reunión de todos los agustinos michoacanos, que debían congregarse en el convento y a esto se llamó Capítulo Intermedio, nombrándose nuevo Provincial y nuevos Definidores, éstos como Gobernadores de Provincia, Maestros de Novicios, Maestros de Ceremonias, Priores y Subpriores.

Cada seis años había el Capítulo General, tomando parte, además de Michoacán, los Estados de Jalisco, Durango, Zacatecas, Querétaro, México y Puebla. Entonces era un esplendor sin igual, que impulsaba poderosamente la vida pacífica del pueblo. ¡Cómo se congratulaba el vecindario, cuántos músicos empleados, cuántas costureras y bordadoras, cuánta cera y cuántas flores! Todo Salamanca producía y se hacía de dinero. Era un intercambio de riquezas. El problema económico estaba íntimamente unido con el problema religioso. No es de extrañar que su sombra diera un impulso de civilización y de adelanto. Tenían un axioma que regía todos sus actos, que lo hacían valer en todo ceremonial agustiniano, y era éste:

"Donde no hay orden, todo es confusión", y por él regían sus actos. Estaba imbuído en todos los empeños y en todas las empresas. Lógica para producir, filosofía para ordenar, sabiduría para escoger, método para definir, base para edificar.

A las 5 de la mañana la campana daba un único tañido llamando a las faenas del día. Además, el Maestro de Novicios tocaba las puertas del grito de "¡Ave María Purísima; levantáos!" Un cuarto de hora bastaba para ponerse en pie y alistarse, y novicios y frailes, con el Provincial a la cabeza, se dirigían a Coro a rezar el Oficio Divino: Maitines, Laudes, Prima y Tercia.

A las seis de la mañana decía la Misa de Prima, que la comunidad oía con profundo recogimiento, y a las 7 la campana llamaba al refectorio.

Había dos comedores: el del Provincial, al que casi siempre acompañaban el Prior, el Subprior y el Maestro de Ceremonias y el de los Novicios. El chocolate espumaba e jícaras esperando el sorpeo del bizcocho de huevo sabrosísimo y aromático. Bizcocho de provincia, que aún guarda la abuela entre el aroma de la cómoda, en donde también esconde las guayabas.

Después del refectorio tenían una hora de descanso. Los agustinianos no es una Orden de Penitencia; con los jesuitas, forman el cerebro de la Iglesia Católica; son las Ordenes que producen, que piensan, que indagan, atormentadas por la ciencia hija de Dios; seres que se inclinan pensativos sobre las mesas de trabajo mediantes, de tal manera que, a veces, la mirada está perdida en la vaguedad del pensamiento conductor de una idea. Seres que se desvelan ante el cálculo matemático y ante la lógica que llevará luz. Francisco de Asís se concretó a dorar; sin querer definir, amó y su amor lo tornó contemplativo. Agustín es amor por el cerebro; Francisco, amor, por el corazón; Agustín, es amor por la razón; Francisco es amor por el sentimiento; Agustín es hombre henchido de pasiones, divinizado; Francisco es la idealidad hecha hombre; Agustín es un hombre que se trasplanta al cielo; Francisco es un ángel que desciende a la tierra. El pasional puede ser un elegido; el místico es un predestinado.

Poco después volvían a coro a rezar el Oficio, y posteriormente se entregaban al estudio de latín, teología, moral, rúbricas.

A las 12 en punto se servía la comida. Casi siempre tomaban carne de pollo, huevos, leche. Debían, como un cuerpo que cuida de sus miembros, tener determinada alimentación. Tenían higiene con su cuerpo. Así la Iglesia podría exigir la producción brillante y eficiente.

A las tres de la tarde, estudios, hasta las ocho, en que servía la cena.

 

A las nueve de la noche sonaban las campanas la queda. Al mismo tiempo la campana del convento invitaba con su toque de silencio al recogimiento. Fundadería todo totalmente, hasta el día siguiente a las horas jubilosas de las Aves Marías.

Vestían su hábito negro de San Agustín instituyó el hábito blanco, pero no queriéndose confundir con los dominicos, escogieron por la encíclica de algún Papa vestido negro; su existencia se deslizaba tranquila, perturbaba cada añocon os exámenes de los colegiales. Todo el vecindario concurría y lo hacía con gusto. En sobres circulaban unas mascadas, gasnés impresas con el tema y el programa con de exámenes.

No se piense que la Orden Agustiniana sólo indirectamente ayudaba al vecindario. Innumerables familias vivían pensionadas los frailes de manera constante y segura. Y aún con ese esplendor fueron rquísimos, tanto, que saliendo de la Puerta del Campo del callejón, decían que hasta Morelia, "pisaban en terreno propio". El molinito y ranchos circunvecinos, todo era de la Provincia Agustiniana.

El templo de San Agustín, anexo al convento, es de una grandiosidad incomparable. Las amplias naves están cubiertas de adornos estilo churriguerismo y plateresco también, follaje arquitectónico, cúpulas, coronas, guirnaldas, estatuas, calados tan finamente trabajados que causan un positivo asombro; y todo rejumbrante por el oro que los cubre y que el tiempo no ha empeñado siquiera. Los Cruceros son admirables y hacen extasiarse al espíritu; hacia el lado derecho se encuentran, en el retablo, pasajes de la vida María en esculturas finamente policromadas; en lo más alto se encuentran los desposorios; acial el otro lado, Santa Ana enseña a la Virgen niña las primeras letras. Un poco más debajo de los Desposorios, María presenta el Eterno Padre el divino Niño; debajo de Santa Ana, María recibe la visita de Gabriel; y en el lugar de en medio una corona imperial sirve de remate a un gran cortinaje que se descorre, dejando ver a María de pie con el Niño Jesús en brazos. Adornan las hornacinas guías de follaje ornamental que desciende hasta la mesa del altar.

El crucero del frente es el altar dedicado a Señor San José; hacia arriba se ve la "jornada" sea María conducida sobre la mansa pollina hacia Belén, en compañía de José, y un poco hacia abajo, José es visitado por el ángel; en el lado opuesto, y por contraposición o haciendo pendant, otra corona real remata el cortinaje, dejando a ver la muerte de don José en los brazos de María y de Jesús el Maestro, y en el lugar principal San José tiene en sus brazos a Jesús niño. Los mismos detalles se reproducen, pero fijándose bien, la idea es igual, aunque todo es distinto. Aun las coronas, que creyéranse idénticas, no lo son; parece que el genio que labró la madera hasta transformarla en poesía no quiso reproducir nada, todo es distinto y todo está lleno de unidad.

En el altar mayor hay un contraste que salta a la vista: es romántico, rompe desde luego con la iglesia. Se dice que un Provincial, sin saberse la causa, cambió el altar churrigueresco por el actual, cosa que todo el mundo censura, y pone en duda si no la capacidad, cuando menos el gusto del sacrílego que, en nombre del arte, cometió un verdadero crimen. Antiguamente fue el altar más hermoso que los cruceros y las naves, y más interesante también; servía para destacar una interesante estatua a Nuestra Señora del Socorro, Ptrona de la Orden Agustiniana. Era una virgen de aspecto triangular, pequeña, que traía en brazos al Santo Niño con su vestido clásico de ornamentos católicos. La llamaban "La Capitular"; como que presidía todos los Capítulos. Al lado derecho de ella estaban San Guillermo y Santo Tomás de Villanueva. Esta interesante imagen de la Virgen fue robada, así como el niño que traía en los brazos. La estatua de Santo Tomás aún existe en su nicho y la de San Guillermo fue transformada en el Padre Jesús que se encuentra a un lado de la entrada del costado.

Además, poseía el templo cuadros muy valiosos debidos a Cabrera, como era todo un Viacrucis que señalaba los pasos de la Pasión en los corredores; la Adoración de los Magos, debida a José Juárez, existente en la Capilla del Colegio del Estado en Guanajuato; algunos cuadros murales que representaban la vida de San Agustín. Existe aún en el altar de Animas un cuadro colonial de gran mérito. El templo, desde el punto de vista de la acústica, tiene sonoridades verdaderamente completas, y conforme a la liturgia es el santuario que invita a la meditación y al recogimiento; desde el punto de vista artístico, algo tan maravilloso y sorprendente, propio para estar en una gran capital europea. El púlpito es colonial, adornado con pinturas de vivos colores y con incrustaciones de marfil, sostenido por un soporte airoso y esbelto; en la sacristía hay una mesa afiligranada de madera tallada en graciosas evoluciones, en donde se puede alzar cómodamente todos los ornamentos, sirviendo para el revestimiento de los sacerdotes; la remata un Cristo antiquísimo, probablemente del tiempo de las catacumbas, apoyado en una cruz en forma de Y, siendo de una pieza con el madero de la Redención.

Los frailes agustinos celebraban varios festivales con inusitada pompa y solemnidad; el más grave y lleno de colorido era el Viernes Santo. Después de las ceremonias de ese día trágico y ya cuando se creía que todo había concluido, cuando al parecer todo era silencio, comenzaban las matracas a llamar con su queja doliente y monótona a los fieles, y a las doce en punto una suntuosa concurrencia de señoras vestidas de gro, cubierta la cabeza con mantillas de seda negra, y los caballeros principales vestidos de luto, esperaban en numeroso y compacto grupo, con cirios de a libra de cera por lo menos; se abría la puerta mayor y, en unas andas adornadas con felpa negra con borlas de oro, aparecía el Santo Entierro en su magnífica urna, y un poco atrás la figura tristísima y austera de la Virgen de la Soledad, envuelta en la realeza de su dolor, pálida y hermosa, con un diminuto pañolón de finísimos encajes entre las manos de marfil. Cuatro niñas vestidas de ángeles enlutados, cuidadosamente hacían corte a la Virgen doliente. Todo el clero tomaba parte y una gran multitud de monaguillos, quienes con la Cruz Alta, los ciriales, el incensario; quienes con cestos de rosas en las manos para regalarlas al paso de la Virgen. De cuando en cuando una saeta cantaba con voz quejumbrosa una súplica a la Virgen y todos hieráticos, mudos, silenciosos, caminaban en pasos deslizantes. La procesión comenzaba a iniciarse en medio de un gran recogimiento; los hachones y la velas iluminaban los rostros y, dada su profusión, las calles se alumbraban totalmente; las gentes salían a las puertas al paso de los Santos o se incorporaban a la procesión; al llegar a cada esquina, las orquestas tocaban el Stabat Mater, de Rossini, o el Miserere, deteniéndose un poco, y así que concluían, seguían su ruta, tomando por la calle del Convento, hoy Alberto Soto, después torcían al norte por el Callejón del "Chinesco"; al llegar al Santuario de Guadalupe, daban vuelta al oriente por las Tres Caídas, llegaban a la antigua Parroquia y, tomando por la plaza y por el templo del Hospital, regresaban a entrar por la puerta del costado. Era solemne en grado sumo esta procesión, y duraba hasta las tres de la mañana. Las señoras tenían en mucho honor no privarse de esta velada y lucían sus magníficos trajes de luto y sus encajes. Ante la negrura del vestido los rostros emergían espléndidos, y los ojos resaltaban en la emoción del momento.

Había otras procesiones más que eran idénticas: la de Nuestra Señora del Socorro, o sea el 2 de julio; y la de San Agustín el 28 del mes de agosto. Entonces comenzaban a salir a las doce del día. Tomaba parte, como siempre, el clero y todos los sacerdotes de las contiguas iglesias y aun invitados; los Mónacos que procedían y después la "Capitular" seguida por un cortejo de niños vestidos de ángeles, que cantaban y alfombraban la calle con flores, y después seguían figuras del Antiguo Testamento, representadas por niños y niñas: Abraham, Isaac, Jacob, David, Los Exploradores, Valerosa Judith, Denodada Esther, todos con sus símbolos, con sus insignias, primorosamente representados, y después la Letanía Lauretana, en figuras representadas por niñas: Santa María, Santa Madre de Dios, etc., y allí estaba la Estrella de la Mañana, el Vaso de la Eterna Sabiduría, la Rosa Mística, la Inexpugnable Torres de Marfil, el Arca de la Alianza, la Puerta del Cielo, la Estrella de la Vida y la Angélica, Reina de los Mártires y de todos los Santos.

Las procesiones llevaban sus orquestas; los cohetes, la algazara, lo brillante del cortejo, producían una impresión que aún no se borra de quienes la vieron; a las tres de la tarde terminaba, pero seguía el Rosario, a veces con Corpus, y después que se cubría, los agustinos posaban a todo el vecindario al interior del convento, sirviéndose el refresco de ritual. ¡Oh, los refrescos candorosos de aquellas épocas, con su rompope, sus puchas, sus suspiros de monja, sus rosquillas y sus almíbares! Pero aún no era todo: a todos los niños de las insignias se les regalaba un ramito de flores artificiales, que en su centro llevaba un escudito de oro. Era la "gala", a manera de premio. Hay que decir que todos los trajes de los desfilantes de la Biblia y de la Letanía eran costeados por los agustinos.

Hay en la sacristía del templo de San Agustín varios óleos representando retratos de tres Padres Graves, así los llamaban, por ser un grado muy alto en la Orden Agustiniana: el primero corresponde al fundador del convento, fray Pedro de Gante, otro representa a fray Bonifacio Núñez y a fray Silverio García Trillo y ojos apacibles, que sonríen en el rostro inteligente y simpático. Tiene en las manos una obra y a un lado, como en los retratos coloniales, hay una leyenda que dice:

Retrato de N. M. R. P. Mtro. Fray Silverio García Trillo, hijo de D. Juan Estevan García y Da. María Vicenta trillo. Nació en Valladolid a 20 de junio de 1791. Estudió Gramática y Filosofía en el Seminario de dicha ciudad, de donde fue colegial y Merced. Tomó el hábito de N. P. San Agustín el 20 de junio de 1813 y profesó el 30 de junio de 1814. Se ordenó en Guadalajara de Presbytero el 24 de agosto de 1815, en donde acabó de estudiar Thelogía. Desempeño los oficios de su Provincia. Lector de Theología y Filosofía; varias veces fue electo Provincial en Noviembre de 1834. Tomó el grado de Maestro en Febrero del año de 36. Volvió a ser electo Provincial en el año de 46, en el mes de noviembre y falleció el día 11 de Mayo de 1850. Tenía de edad 58 años 10 meses y 20 días.

Este sacerdote fue uno de los más célebres provinciales que gobernaron el convento, y fue tan brillante su actuación, que a través de los años aún lo conserva la fama. En su tumba se leía esta inscripción.

Terminó tu misión en este suelo
Padre preclaro y sin igual García
De tu muerte llegóse el triste día
Después de tanto afán, tanto desvelo.
A la Providencia se acabó el consuelo
El sabio Protector que en ti tenía
El ilustre Mentor que poseía
Y el que guardó de la observancia el celo.
Mas el Convento grande Salmantino
Conservará por siempre tu memoria
Llorando con tu muerte, su destino.

Se trataba de un soneto trunco cuyo anterior terceto creemos se ha perdido.

Otro de los provinciales de renombre es el padre fray José María Marocho, muerto en olores de santidad. Hijo de un español, administrador de Correos, refiérese en una anécdota que, en su infancia, teniendo seis años de edad, juzgaba con su capillita, poniendo altares, y sucedió que necesitando papel y no hallando otro a la mano, dióse a improvisar un cortinaje con unos papeles importantes del Corres. El padre del chiquillo buscó aquellos papeles que halló todos recortados en la cortina del altar, y fue tan grande su coraje, que no pudiendo contenerse se dirigió furioso al altar y en menos que canta un gallo hizo pedazos lo que el chamaco tenía.

Este prorrumpió en sollozos y a otro día aparecieron en las puertas de las iglesias de Morelia unos papeles garrapateados con la letra del muchacho, que decían:

"Don José Marocho queda excomulgado porque puso manos violentas contra la Santa Iglesia Católica".

Era un hombre sumamente caritativo. Levantábase bien tarde, como a las diez de la mañana. A esa hora decía su misa, que generalmente era dicha en el Santuario de Guadalupe y más tardaba en recibir el estipendio, que en abandonarlo en manos de granjuas y de gente pobre. Gustaba de ejercer la pintura y lo hacía con rara habilidad, así como la escultura. Era sumamente feo, aunque simpático, y cuando le reprendían el desgaire en su vestido descuidado y en la poca apariencia de sus ropas, decía muy serio: "Lo buen mozo, como quiera aparece".

Había en la época de Marocho un Padre Grave de apellido Cano, sumamente gordo, y siendo muy alto, resaltaba mucho más su corpulencia enorme. Había llegado a cegar, así es que lo más permanecía en su celda, aislado de los demás, entregado a sus reflexiones. Sucedió que un día llegó al convento una comisión mandada por don Antonio López de Santa-Anna, que preguntó por el "gran Marocho para una consulta". Así que trataron su asunto con el padre Marocho, este les dijo que si habían visto cerca un elefante. Le dijeron que nunca se había dado el caso, por lo cual Marocho les dijo: "Caminen hacia el corredor tal y al fondo lo hallarán". Como quisieran tomar precauciones, Marocho les agregó: "No se inquieten, es inofensivo; como que está perfectamente domesticado". Al llegar al fondo del corredor hallaron al padre cano y, al preguntarles éste que deseaban, le dijeron el objeto. "Ocurrencias de Marocho -dijo -. Yo soy el Elefante, así me dicen": Y al decir esto, el padre Cano sonreía con bondad.

Otra anécdota que ha llegado a mis oídos la consigno enseguida:

Había una mujer llamada "Camila la Corredora", pues se mantenía como podía, vendiendo prendas, billetes de lotería y con esto se metía en todas partes y sabía la vida y milagros de todo el pueblo.

Llegóse ante un sacerdote agustino, fray Gregorio García, al cual rogóle con todo ahínco le aplicara una misa, en lo cual estuvo de acuerdo el fraile; pero ella agregó:

- Quiero, padre, que me haga la merced de aplicarla a las Animas de Puruarán.

-¿De Puruarán? -Interrogó con asombro fray Gregorio.

- Sí, padrecito, de tierra caliente, por Michoacán.

-¡Pero si las ánimas ya no pueden alegar derecho de gentes! -dijo el agustino -. Son espíritus y ya no pueden alegar procedencia. Una misa a las ánimas del Purgatorio es lo que querrás, mujer.

- No padrecito; yo quiero que sea la misa a las ánimas de Puruarán, porque son muy poderosas para socorrer al probe.

-¿De dónde sacas eso, Camila?

- Verá usté, padrecito: una tarde venía yo con mis vendimias y me encontré sentado en una piedra de esas grandotas que sirvieron para los cimientos del convento y que tanto duraron en la calle, un padrecito que supe era estudiante, y según supe yo, era muy tontito, como yo, y que al fin no pudo hacer carrera, según me informé después. Estaba el estudiante muy acuitado y ni se fijó que yo lo estaba devisando harto y entonces dijo un versito que se me quedó en la memoria y fue este:

Animas de Puruarán
Que habitan en Corralejo
Ayúdenle a este p......
Para que gane su pan.

Por eso yo quiero socorrito; como yo también soy harto p...... y no me gano nada.

Debo hacer notar que el grupo del Calvario que se encuentra en uno de los camerinos, al entrar por la puerta principal, y el cual se coloca en el altar mayor para las ceremonias del Viernes Santo, era el que los presos en época muy posterior, cuando el convento se había transformado en Penitenciaría del Estado, lo ponían en el centro de uno de los patios y se invitaban en el Viernes de Dolores a la sociedad salmantina a la fiesta que las prisiones guardaban con gran solemnidad. A los acordes del Stabat-Mater, de Rossini o del Pietá Signore, la Stradella, repartían el refresco del ritual.

Volviendo al convento, en las paredes de la sacristía hay una hermosa pintura que representa a un mancebo de elegantísimo porte, garboso ademán, vestido con ropilla y gregüescos de seda, bolzas de vellorí y sandalias, cubierto con una capa y tocado con una boina plumada, de donde se escapan los cabellos rizados y cortos. Quien lo ve no puede presumir que se trata de aquel hombre portentoso que se llamó Aurelio y en la Iglesia Agustín, una de las columnas de la Iglesia Católica, el sabio entre los sabios, cuyo talento han reconocido hasta sus mismos enemigos.

Al pie del óleo está escrita la siguiente leyenda:

"Retrato de SS Agustín cuando era joven conforme al original. Que entre las cosas raras de Príncipe Aresio, se conserva en grande estimación en Millán; donde hay una continua tradición, que San Ambrosio hizo añadir en las letanías públicas -De la lógica de Agustino líbranos señor: pero de cuanta ventaja haya sido para la Iglesia esta Lógica después de Católico Agustino lo publican tantos convencidos confundidos convertidos, así en un tiempo como después; por lo que el mismo San Ambrosio lo llama Filósofo subtilísimo y otros lo aclaman PRINCIPE DE LOS FILÓSOFOS."

El Convento se impone con su poética hermosura y al admirar lo que le genio cristiano ha producido para la orientación del mundo, no puede menos de traerse a la memoria de la gran frase plena de sabiduría de San Agustín: "La belleza es el esplendor del orden."

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